Él sólo la miraba con una expresión severa mientras que ella sonreía a sus amigas, consciente de todo lo que estaba por ocurrir. Él desvió la mirada y prometió que no se le iba a olvidar.
Un día me di cuenta que nadie sonreía, y pensé que necesitarían algún tipo de emoción, tomé un papel e hice una pequeña grulla, un símbolo pequeño pero con significado. Mi grulla pasó horas esperando a ser tomada en cuenta hasta que alguien la tomó y la llevó con prisa al basurero; ahí dejé de sonreír y me mimeticé con los demás.
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